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FIRMA INVITADA: ANTONIO RODRÍGUEZ ALMODÓVAR





Nota de presentación:
Tal como leemos en su web oficial (http://www.aralmodovar.es/), Antonio Rodríguez Almodóvar (Alcalá de Guadaira, Sevilla, 1941), es autor de más de treinta libros, entre ellos numerosos cuentos y relatos infantiles y juveniles. También es novelista, poeta, guionista de televisión y autor dramático. Es doctor en Filología Moderna por la Universidad de Sevilla y Catedrático de Lengua y Literatura Española. Ha publicado estudios literarios centrados en la teoría de la narración y del texto poético desde la perspectiva semiológica y estructuralista (La estructura de la novela burguesa, Hacia una crítica dialéctica). Fue profesor interino y contratado de la Universidad de Sevilla y del Colegio Universitario de Cádiz entre 1969 y 1974, de los que fue apartado por su activa participación en la lucha antifranquista. De sus libros publicados destacan los que derivan de una prolongada e intensa dedicación al estudio y recuperación de los cuentos populares españoles. Becario de la Fundación Juan March en 1977 para investigar sobre este rico y olvidado patrimonio, aplicó a sus trabajos el mismo método estructural-semiológico. Miembro de la "International Folk Narrative Research", ha impartido numerosos cursos y conferencias en universidades europeas y norteamericanas sobre literatura de tradición oral hispánica. Entre los galardones recibidos destaca e Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, 2005 por EL BOSQUE DE LOS SUEÑOS; concedido por el Ministerio de Cultura de España. Premio Internacional "Infanta Elena" de Narrativa Juvenil, con su novela Un lugar parecido al paraíso (Barcelona, Labor, 1991; y varias ediciones posteriores en Algaida, Sevilla), acogida con entusiasmo por la crítica. Premio “Ateneo de Sevilla de relatos, 2004”, por El hombre que se volvió relativo, relatos para adultos. Una de sus obras más conocidas, Cuentos al amor de la lumbre, I y II, recibió el Premio Nacional de Literatura, l985, al libro mejor editado por "el mejor conjunto de elementos en un libro". Tiene publicadas numerosas obras de creación literaria.


NO OS METÁIS CON BLANCANIEVES


He esperado unos días hasta ver en qué paraba el revuelo que se ha formado en torno al controvertido asunto del sexismo en los “cuentos tradicionales”. Como sabréis, el pasado día 8 de abril, el Ministerio de Igualdad y FETE-UGT firmaron un convenio para impulsar una campaña titulada “Educando en igualdad”. Nada que objetar a los buenos propósitos generales de la iniciativa, como todos los que apunten a luchar contra la discriminación de la mujer. Menos defendibles parecen algunos de los medios con los que se pretende instrumentar la campaña, y en concreto el cuestionamiento de los cuentos tradicionales. De hecho, al cabo de los días transcurridos, el rechazo a este aspecto del programa está muy extendido en los medios de comunicación y en la red, incluso por parte de escritoras y columnistas de muy probada trayectoria feminista. Intentemos averiguar por qué este rechazo y en qué puede estar equivocada esa parte del programa.

El fundamento de la propuesta se expresa de la siguiente manera:

“Casi todas las historias [de esta clase] colocan a las mujeres y a las niñas en una situación pasiva, en la que el protagonista masculino tiene que realizar diversas actividades para salvarlas”.

Y saliendo ya al paso del debate surgido:

“No queremos a Blancanieves fuera de la escuela, sino que el príncipe comparta las tareas de palacio y las aventuras con toda la panda de enanitos y demás personajes”. “Que las niñas y niños aprendan a leerlos [los cuentos] contextualizándolos en la época en que las mujeres y los hombres tenían roles muy diferentes y diferentes derechos”.

La propuesta contiene otros varios elementos, entre los cuales figura una acertada advertencia de que los auténticos cuentos populares fueron manipulados en su devenir histórico, o que incluso había un “Príncipe durmiente” que desapareció. También invita a continuar un nuevo relato, titulado “La princesa diferente”, en el que la princesa Alba Aurora (en clara referencia a La Bella Durmiente) se muestra extrañada de que El Príncipe Azul quiera salvarla de algo, cuando ella no precisa ser salvada de nada, y acaba montando al príncipe en su moto para llevarlo a conocer la muralla china. (Sic).
Muchos asuntos a considerar hay en esta atrevida campaña, donde se mezclan los buenos propósitos con simplezas y exageraciones notables. Teniendo que resumir mucho de las diversas escuelas y corrientes de pensamiento que se han ocupado de los cuentos tradicionales, partiremos de unas cuantas premisas bien asentadas:
1) La mente infantil no funciona como la mente de los adultos. El niño aprende a pensar un poco antes que a hablar, y ese pensamiento es de naturaleza simbólica, antes que lógica. De ahí que no se extrañe de las mayores fantasías, o de que los animales hablen. Para su formación, la mente infantil precisa de fuertes contrastes y repeticiones. Por eso los niños requieran los cuentos siempre de la misma manera, sin alteraciones.
2) Los cuentos tradicionales siempre han tenido en cuenta esta delicada fase de la formación del pensamiento y, en general, del psiquismo infantil. Por eso contienen una significación simbólica que no aparece en primera lectura; para que la propia mente, en su desarrollo, se haga con el sentido. De ahí que los auténticos cuentos tradicionales tampoco posean mensajes explícitos –moralejas-, que son propios de la cultura ideológica, o doctrinal. Aquellas cualidades son más profundas y más rica en las versiones de la tradición oral o popular.
También conviene despejar la idea de que son muchos los cuentos “sexistas” de los que se habla. No es cierto, como dice la campaña en cuestión, que “casi todas” estas historias colocan a las mujeres (…) En realidad, no pasan de cuatro o cinco: La Bella Durmiente, Blancanieves, Cenicienta, Caperucita, Caperucita, La Sirenita, y poco más; si bien hay que admitir que algunos han alcanzado una relevancia extraordinaria en sus versiones más conocidas, en particular las de la factoría Disney.
De siempre los folcloristas se han quejado de que se hicieran análisis de estos cuentos basados en los modelos estandarizados, que poco tienen que ver con las genuinas aportaciones de la tradición oral-popular; pero es un hecho innegable que muchas personas del mundo occidental se han criado con esos modelos “cultos”, y no con los que se transmitían al calor del hogar, o en la tertulia de campesinos iletrados. Por poner ya un ejemplo, se podrá criticar a Bettelheim en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, por basarse exclusivamente en los modelos de Perrault-Grimm, pero es indudable que la significación que hayan alcanzado esas historias en mucha gente se debe a las versiones circulantes en el mundo de la escritura savant, y no en el de la oralidad. Así y todo, Bettelhmeim y otros estudiosos de la misma o parecida tendencia –en particular los de la escuela junguiana-, acabarán encontrando valores positivos en esas versiones, basándose precisamente en la significación oculta, o simbólica, que acarrean, incluso a pesar de sus adaptadores. Cierto es que se habrán perdido elementos muy importantes para los psicoanalistas, como el símbolo de la castración que, según algunos de ellos, representa el hecho de que las hermanastras se cortan un dedo del pie para que les entre el zapato de Cenicienta, pero subsiste “el mensaje que los cuentos de hadas transmiten a los niños, de diversas maneras: que la lucha contra las serias dificultades de la vida es inevitable, es parte intrínseca de la naturaleza humana” (Bruno Bettelheim). Por el contrario, las adaptaciones pequeño-burguesas incorporan en ocasiones símbolos y significados que nunca estuvieron en la tradición oral, como es el caso de la vestimenta roja, que según Erich Fromm representa la primera menstruación, pero que nunca aparece en las versiones orales de Caperucita recogidas en Francia por Paul Delarue. En otros casos, como el de Blancanieves, la psicoanalista Pincola Estes, que afirma en general que “los cuentos son una medicina”, señala que el verdadero sentido que tiene cocinar, lavar, barrer, etcétera (las tareas que Blancanieves realiza para los “enanitos”) son “metáforas que ofrecen maneras de pensar, medir, alimentar, fortalecer, limpiar y ordenar la vida espiritual”. Es decir, que si eliminamos esa parte estaremos quitándole al cuento lo sustancial, que, paradójicamente, es un fortalecimiento del papel de la mujer en el ordenamiento psico-social de la vida humana. Asunto diferente es que los manejos literarios de esta historia hayan suprimido o transformado otras muchas cosas que había en las versiones orales; así, el hecho de que Blancanieves no rivalizaba con su madrastra, sino con su propia madre, en lo que era un claro ejemplo de competencia frente al padre; que aquellos a quienes se encuentra en el bosque no son enanitos mineros, sino sus propios hermanos que han sido arrojados previamente del hogar por un padre o una madre celosos (según variantes), y que se dedican al más puro bandolerismo, al menos en la tradición andaluza.
En otros lugares me he referido también a los casos de Cenicienta, La bella durmiente y La Sirenita. Este último, un ejemplo verdaderamente grave de manipulación interesada, llevada a cabo por H.C. Andersen. (Ver www.amigosdelibro.com, “El extraño caso de La Sirenita”). Claro que es difícil decidir si no es más grave la que cometieron los hermanos Grimm con La bella durmiente, por el sencillo procedimiento de eliminar toda la segunda parte de la historia, precisamente aquella en que la heroína tiene que salvarse a sí misma y a sus dos hijos, frente a las pretensiones destructoras de la suegra, una auténtica madre edípica. Y sin contar, por otro lado, que en la tradición oral española había, en efecto, un cuento contrario, El príncipe durmiente en su lecho, versión masculina del cuento, con una activa protagonista femenina que salva de su secuestro a un príncipe encantado. También había otro cuento contrario al modelo de Cenicienta en La flauta que hacía a todos bailar (Cuentos al amor de la lumbre, 25).
De nuevo teniendo que resumir mucho, se podría concluir lo siguiente:

-La significación simbólica de los cuentos tradicionales es determinante, más allá de la primera lectura o lectura superficial.
-En el caso de Blancanieves, su rol en la casa del bosque no es el de criada sino el de ordenadora del caos.
-Transformar los cuentos tradicionales enfocándolos con puntos de vista actuales puede acabar desfigurando por completo el mensaje cifrado de esos relatos. Por otra parte, los juegos creativos con las historias conocidas no deberían practicarse antes de que el modelo de referencia esté bien asentado. De otro modo, el niño no lo entenderá o lo rechazará.
-Si no se quieren utilizar en la escuela los modelos estándares de esas historias, puede acudirse a las versiones de la tradición oral, que muchos abuelos y abuelas todavía guardan en su memoria.

* * *

Pero no siempre la tradición oral es aceptada por los sectores oficiales u oficiosos del feminismo. Voy a referirme ahora a un caso más claro, que fue el de la lectura sesgada de un cuento por parte de otra institución, en este caso el Instituto Andaluz de la Mujer.
Dicha institución, dependiente de la Consejería de Igualdad de la Junta de Andalucía, publicó en 2006 un cuadernillo titulado “Vivir los cuentos”, dentro de una campaña de Navidad contra los cuentos sexistas y violentos. En él se tomó como ejemplo de literatura sexista, contrario a la dignidad de las mujeres, una versión mía de un antiquísimo cuento popular, que lleva por título “La princesa muda”(“Cuentos de la Media Lunita”, número 5). Como quiera que estaba en total desacuerdo con esa tesis, no pude por menos de intentar contrarrestarla, con argumentos bien distintos a los que utilizó la autora del opúsculo, Cristina Ramos López.
Antes de entrar en la argumentación, quiero decir que ya sería raro que un viejo cuento popular, perteneciente a la más profunda tradición oral, familiar y campesina, se plegara a los dictados del poder de los hombres y humillara a las mujeres. Esto no suele ocurrir en las versiones auténticas de los cuentos, salvo en aquellos de contenido claramente misógino, pertenecientes a una etapa tardía -que desde luego no están en mi colección-, y, por descontado, en las adaptaciones pequeñoburguesas de los relatos tradicionales, cuyo ejemplo más notable es el de “La Bella Durmiente”, mutilado y manipulado por los Hermanos Grimm. En otros casos, en que la adaptación se hacía más difícil, los cuentos populares ni siquiera pasaron a la estampa. El más notable es el de “La niña que riega las albahacas”, un cuento donde se vapulea el machismo y se hace burla del poder arbitrario de la nobleza. También yo me atreví a publicarlo en Cuentos al amor de la lumbre, con el número 95, e hice una adaptación teatral que se paseó por toda Andalucía en 1996, con gran éxito de público y no poco escándalo de mentalidades reaccionarias.
El caso de “La princesa muda” –paso a exponer mis razones- es también el de un cuento que sólo aparecía en inventarios etnográficos, y nunca en colecciones divulgativas. Cuando me animé a publicarlo en mi colección infantil-juvenil ya pensé que podría encontrar algún tipo de rechazo, pero no por el lado de la interpretación que hace Ramos López, sino por otros motivos: porque pudiera parecer demasiado crudo el tratamiento de la venganza que lleva a cabo la princesa del relato sobre los hombres que la han sometido y se han burlado de ella. Pero el tiempo me ha demostrado que no tenía por qué temer: el cuento es uno de los más festejados de la colección y de los que primero me solicitan los niños, y las niñas, en mis encuentros directos con ellos.
Precisamente, en este punto del relato estriba mi mayor asombro ante la interpretación que hace la autora del texto crítico. Recordaré lo que ocurre: la princesa, luego de casarse obligatoriamente con quien le ordena su padre el rey (a saber, con un viejo vagabundo, oportunista y maltratador, que se ha enterado por casualidad de la solución al enigma concursal con el que el rey quería casar a la princesa), reacciona furiosa, ante la vejación a la que la somete el marido, y lo arroja a las aguas de un río, donde se ahoga. Todavía, antes de ahogarse, el viejo muerde a su mujer en la nuca y le quita el habla. Se trata, pues, del punto crucial del relato, en el que hay que concentrarse para tratar de entender su sentido. Sorprendentemente, a la señora Ramos este episodio solo le merece el siguiente comentario: “Se da cuenta de que se queda muda y se despide de su marido, que se ahoga”. Ni hay tal despedida ni se intenta explicar qué significa la situación real en la que muere el viejo. No entiendo por qué el análisis pasa de puntillas por un momento tan trascendental del relato; por qué no se centra el comentario en la extraordinaria energía liberadora que surge del legítimo orgullo de una mujer, hasta ese momento sometida y maltratada por los dos hombres de su vida: el padre déspota y el marido obligado. No quiero pensar que se haya obviado esta valoración deliberadamente. Prefiero creer que no se ha visto. ¿Pero por qué? No encuentro otra explicación sino que no convenía al fin perseguido por la comentarista, a saber, que el cuento sale en defensa de “el poder del hombre sobre la mujer”. En realidad, lo que sucede es todo lo contrario: la mujer toma protagonismo en defensa de su propia dignidad, se escapa del padre, abandona al marido y emprende un camino en solitario, que le conducirá al encuentro de su verdadero amor, un príncipe del que se había enamorado libremente. Con su esfuerzo y las penalidades que sufre en ese caminar, supera también la condición de niña malcriada y caprichosa a la que le condujeron una educación entre algodones y sexista -esa sí-, llega al palacio de su enamorado y recupera el habla cuando se siente humillada de nuevo, esta vez no por ningún hombre, sino por la novia del príncipe. ¿Hay algo de malo en todo esto? Absolutamente nada; al revés, lo que queda desautorizado es nada menos que: la educación de la mujer para el matrimonio concertado, a capricho del padre; el oportunismo del marido, que la pretende someter también y se burla de ella; la soberbia de la novia oficial del príncipe, que también se mofa de la protagonista. Y en sentido inverso, quedan enaltecidos: la toma de conciencia de su situación, cuando la princesa ya no soporta más vejaciones; la emancipación por el trabajo y el esfuerzo, y el triunfo del amor verdadero, espontáneo y libre.
Otro aspecto que me ha preocupado del interesado análisis de Ramos López es su intento de enmarcar el contenido del cuento en “Ellas siempre esperan, cosen, limpian, lloran...” Desde luego, no es precisamente esperar lo que hace la heroína de “La princesa muda”, a partir del momento en que reacciona ante las humillaciones recibidas, sino que toma el camino de su propia emancipación. En ese camino, cuando llega al palacio del príncipe, su estado –muda, agotada, harapienta- mueve a la compasión de los demás -¿será negativa también la compasión?-, que le permiten entrar a trabajar como miembro de la servidumbre, y allí “qué iba a hacer, sino coser y bordar para el ajuar de la otra”, dice el relato.
Aquí hay que hacer una precisión importante. A menudo, la literatura feminista de los cuentos alza su bandera contra el hecho de que las mujeres suelen estar ocupadas en las labores domésticas. Si tomamos en sentido literal estas tareas, claro que podría interpretarse que los cuentos pretenden que ese sea el rol de las mujeres. Pero no es eso lo que se debe entender, en una lectura más profunda. La escuela junguiana de interpretación de los cuentos hace tiempo viene propiciando otro tipo de lectura, partiendo de la base de que estos relatos siempre esconden una segunda significación, esto es, son simbólicos, lo cual no debe olvidarse en ningún momento. ¿Y cuál será el símbolo de limpiar, planchar, coser, bordar...? Según la doctora Pinkola Estés (que a veces aplica la terapia de los cuentos a determinadas pacientes): “Todas estas metáforas ofrecen maneras de pensar, medir, alimentar, fortalecer, y ordenar la vida espiritual” Y también: “Lavar la ropa es una metáfora a través de la cual aprendemos a presenciar, examinar y asumir una combinación de cualidades. Aprendemos a clasificar, remendar y renovar la psique instintiva por medio de una purificatio, un lavado o purificación de las fibras del ser”. Es lo que le sucede a nuestra heroína, cuyo psiquismo inicial, debido a una educación caprichosa y estúpida le hace querer engordar un piojo –cosa que, por cierto, divierte extraordinariamente a los niños-, o lo que es lo mismo, su almita es un puro y caótico erial, que se renueva, se ordena y se fortalece con la catarsis (purificatio) de su aventura en solitario, huyendo de todo aquello y encontrando un nuevo ser.
Sinceramente, no entiendo que de este cuento admirable se haya podido hacer una interpretación como esta, so capa de feminismo y, desde luego, siguiendo la devastadora moda de “lo políticamente correcto”. Flaco favor se le hace a la noble causa del feminismo con cosas así.

* * *

CODA.- En 2009 este texto se lo envié a la institución que había publicado la interpretación del cuento, con el ruego de que publicaran también mi opinión. Apelé a diversas instancias del gobierno andaluz. No hubo nada que hacer. Me respondieron con amabilidad administrativa, pero el texto no se publicó.






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