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FOTOGRAFÍA AÉREA







Te atrae tanta antigua grandeza de uniforme belleza paradójica y el blanco cabrilleo sobre lecho tan azul atrapa tu mirada por tiempo indefinido. El avión sobrevuela el mar Mediterráneo, cuna y tumba, principio y fin, azul realidad y haz simbólico, en este abril renaciente. Nubosidad apenas en el inmenso horizonte y una dulce calma envuelve el vuelo suspendido a once mil metros de la superficie continental que ya comienza a avistarse. Reconoces la Albufera. Valencia, a tus pies, arde de vida en su quietud. Pequeñas sierras, afiladas crestas de montes sucesivos y las esmeraldas de los pantanos salpican la superficie de apagados tonos a punto de reventar de primavera. Caminos, cortafuegos, carreteras y poblaciones con su claro corazón urbano nítidamente trazado por el tiempo se suceden regularmente hasta llegar a un oscuro macizo montañoso que identificas de inmediato: las sierras de Cazorla y Segura. Piensas en las numerosas veces que las has recorrido y fluye a tu cabeza el recuerdo frío de aquel primer baño en las jóvenes aguas del río Guadalquivir cuando contabas muy pocos años.
Le has dicho a la azafata con un agradecido gesto cómplice que no quieres tomar nada. En realidad, no quieres perder ni un minuto del corto vuelo que has emprendido de Barcelona a Granada ‒“una ventana F delante del ala, por favor”, pediste en el mostrador de facturación‒ en distraer tu mirada suspendida desde el cielo. La atmósfera está limpia. El azul del cielo es intenso. Es un claro día, una tarde machadianamente clara. Asocias esta luz a ciertas luces de tu primera juventud como las de aquellas lejanas tardes de mayo en que, tendido sobre la fresca hierba del cerro del Alcázar, mirabas intensamente el cielo azul mientras oías los silbidos del tren que cruzaba perezosamente el valle y notabas con perfecta nitidez cuándo entraba éste en los cortos viaductos que salvan el Guadalquivir hasta llegar a la pequeña estación de Begíjar. Aquel tiempo de silencio, aquel agridulce y azul tiempo de silencio se ha quedado atrapado dentro de ti.
El hermoso pájaro de metal que te traslada, este MacDonald Douglas 87, se ha colocado paralelamente a la Sierra de Mágina cuyas dos hermosas laderas salpicadas de pueblos dominas. Te impresiona la anchura del monte Aznaitín, un irregular cono truncado que luce sus arrugas violetas descaradamente. Al fondo y a la izquierda de tu minúscula ventana, Jabalcuz, cuya inequívoca silueta azul se diluye por la ladera hasta chocar con la blanca y alargada mancha de la ciudad de Jaén, un dragón urbano tendido al sol. Pero no es este paisaje el que quieres ver realmente, lo que ansioso estás buscando es identificar el ancho solar en que nacieras y giras tu cabeza hacia la derecha: frente a tus emocionados ojos que han volado sobre las verdes tierras punteadas de olivares y han cruzado las dulces curvas y meandros del río Guadalquivir se levanta ante ti la varada nave invertida de la Loma, arrancada a la compacta tierra por el gran río y el río colorado que ahora lamen sus plantas, y sobre ella las inequívocas y blancas superficies de Úbeda y Baeza que juegan a darse la mano. Por un momento, cierras tus ojos y recorres mentalmente las calles baezanas de tu vida mientras abrazas a tu madre y a tus hermanos desde esta altura anónima.
Bajas lentamente tu mirada por olivares y olivares, mientras orgullosos y ensimismados quedan los cerros que coronan aquella amada orilla de tu valle, y descubres pequeñas blancas manchas de cortijos, pueblos y aldeas que se precipitan escalonadamente hasta la llanura del río. Comienzas a rezar la letanía de topónimos de los pueblos que viven de los grasos frutos que da la tierra: aquí, Las Escuelas, el Puente del Obispo; allí, Begíjar, Lupión y Torreblascopedro... Abres y cierras repetidamente el diafragma de la cámara de tus ojos tratando de salvar esta imagen instantánea que el nuevo rumbo del avión comienza a apartar de ti al inclinarse a la izquierda para iniciar el paulatino descenso y aterrizar a los pies de la blanca sierra que preside desde hace años tu vida. Eres un mar de contradictorias reflexiones y a la alegría del reencuentro sucede la melancolía de la pérdida sólo paliada por el continuado revelado de imágenes que haces en tu mente mientras el avión se posa sobre la pista de aterrizaje.
Mientras recoges tu equipaje de mano y te ordenas en la improvisada fila de viajeros que ocupan el pasillo del avión deseosos de salir, no dejas de mirar la fotografía aérea de ese superior momento que, desde esa perdida altura celeste, te ha permitido unir presente y pasado y piensas en ese paraíso sobrevolado donde ha habido vida humana desde que ésta empezara. Tus ojos cerrados repasan cada una de las imágenes que atesoras y que ahora mezclas con las que, indelebles, llevas contigo desde hace años: las pinturas neolíticas de la cueva de La Graja, pequeña hendidura en la base del Aznaitín, que tanto te impresionaron, la muerte del río colorado en el río blanco, como llaman en Torreblascopedro al Guadalimar y al Guadalquivir, frontera fluvial donde arranca la ancha y llana base de la Loma, y tan cerca de esa desembocadura las ruinas romanas de Cástulo. ¡Cuánta vida y cuánta historia has sobrevolado en esta tarde de abril!
(Has decidido revelar en este soporte verbal y en ejemplar único para el amigo la inmensa fotografía que desde el aire impresionaron tus ojos y archivas para siempre el negativo en tu memoria. Habrá días de invierno, días en que arrastrarás tus pies por la superficie oscura de la ciudad, con el cielo cubierto, en que tendrás que volver sobre esta imagen luminosa. Pero momentáneamente tu retina arde de luz derramada sobre la tierra de tu infancia, esa misma luz que los infantiles ojos de Francisco Fernández atesorara, esa luz que te une a él y que está en el origen de su mirada artística, esa mirada que atraviesa para siempre los blancos papeles de sus fotografías).


ANTONIO CHICHARRO

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Este texto fue escrito en homenaje al fotógrafo Francisco Fernández, nacido en Torreblascopedro (Jaén), artista de la luz y profesor de Fotografía de la Universidad de Granada. Apareció publicado en Antonio Chicharro, Aviso para navegantes (Crítica literaria y cultural), Salobreña, Alhulia, 2004, pp. 175-178.

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