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VOLVER AL QUIJOTE (CUATRO RAZONES DE LECTOR FUNDADAS EN UNOS TEXTOS)


De la significación cervantina
Todavía recordamos la celebración en el año 2005 del IV Centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, centenario que ha avivado el estudio y nos ha deparado cuidadas ediciones de obra tan universal. En todo caso, esta novela ha venido contando desde su aparición con una general aceptación lectora y, como puede comprenderse, con una desigual comprensión crítica. Por mi parte, voy a ofrecer cuatro razones de lector fundadas en unos textos de la obra que, por encima de las fechas coyunturales, me hacen volver al Quijote.
Ahora bien, antes de exponerlas, quiero recordar que nuestra obra, tras una suerte de minusvaloración a lo largo del siglo XVII en relación con su innovadora complejidad discursiva y su alcance literario, pese a la evidencia de un éxito entre los lectores, llega al siglo XVIII en el que se produce un proceso de institucionalización pedagógica de Cervantes en nuestro país. Después, vendrían nuevas exploraciones del Quijote que, como las propiciadas por el romanticismo, incidieron en la muy alta valoración de la misma en función sobre todo de una visión del destino histórico del hombre que se consideraba escindido entre el espíritu y la naturaleza. Como se comprende, la hoguera de la significación de tan magistral novela no había hecho más que empezar a arder, siendo en el pasado siglo XX cuando se han sucedido las lecturas que más nos han interpelado. Así, hemos asistido a la idealización sentimental de Cervantes, a la consideración del citado autor como novelista escéptico y reflexivo, a la confirmación de su obra como prototipo de la novela moderna por tirios y troyanos de la crítica; a las interpretaciones existencialistas, estilísticas, semióticas y sociohistóricas; a las que se nutren de la indagación en las fuentes ya erasmistas ya utópicas ya caballarescas de la novela; a las que revalúan sus raíces populares y carnavalescas y la naturaleza dialógica y polisémica de la novela, entre otras muchas que Close ha caracterizado y no voy ahora a repetir.
Esta imaginaria hoguera de la significación cervantina no deja de ser alimentada por el tronco de la interpretación de la novela en su dimensión ya cómica ya seria ya casticista ya universalista ya idealista ya realista, etc. o los resultados híbridos de ambas perspectivas sobre los que buena parte de nuestra coetánea crítica cervantina, superadora de la crítica dura que se atiene historicistamente al dominio lingüístico de Cervantes y de sus lectores contemporáneos, así como de la blanda o acomodaticia en la que prevalece la perspectiva del lector moderno, se ha instalado a la hora de ofrecer su lectura de la alta cabeza de Don Quijote coronada por una bacía que no deja de ser un yelmo.
En cualquier caso, esta obra no ha dejado de interpelar a los lectores nunca en su ya larga vida de cuatrocientos tres años, lectores que pertrechados o no de ciertas destrezas han ido cayendo presos de esos entes de ficción, Don Quijote y Sancho Panza, que viven en el soporte de un diálogo ininterrumpido de principio a fin, un diálogo propio acomodado a la respectiva realidad de su mundo y discursivamente ajeno al narrador, uno de los primeros signos de innovación literaria, tal como señaló en su día Lázaro Carreter. En este sentido, el decoro lingüístico y el buen sentido común con respecto al trozo de la realidad vivida por tales personajes hace que la novela sea un festín lingüístico al resultar una cristalización de un estado de nuestra lengua que se enriquece con los veneros del refranero popular, de los modismos y frases hechas, así como los de la lengua culta de su época.

Las cuatro razones y los cuatro textos
Aprovecharé la ocasión que me brinda esta revista para poner, como digo, una nota de vocación personal que me reafirma en mi condición de lector de esta obra. ¿Por qué me gusta el Quijote? Entre otras razones, por su grandeza utópica y por su capacidad de generar un sueño mítico como el de la Edad de Oro, el sueño de un comunismo amoroso y paradisíaco, de una vida elemental, placentera, sin otras ocupaciones que la de la recolección de los alimentos que se necesitaren, sin esclavitud alguna y con igualdad entre hombres y mujeres, sin necesidad de justicia ni de su interesada aplicación, Edad de Oro, digo, que, si bien nunca fue ni desgraciadamente será, sirve para calibrar el sentido de nuestra existencia. Recordemos el famoso discurso que Don Quijote pronuncia ante unos cabreros mientras Sancho no hace más que ir y venir al odre colgado de un árbol (Cap. XI de la primera parte):

Después que Don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones: Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de «tuyo» y «mío». Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos en magnífica abundancia sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía sus anchas y livianas cortezas con que se comenzaron a cubrir las casas sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para la defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella, sin ser forzada ofrecía por todas las partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquéllos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra, entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, solas y señoras, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y ahora, en estos nuestros detestables siglos no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí por los resquicios o por el aire con el celo de la maldita solicitud se les entra la amorosa pestilencia, y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasajo y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero: que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra. Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien excusar) dijo nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que sin respondelle palabra embobados y suspensos le estuvieron escuchando

Una razón más reside en la defensa que hace de la esencial libertad de los hombres y del ideal de una justicia absoluta como se deduce de la lectura del Cap. XXII de la primera parte, en el que se cuenta la liberación que hizo de los galeotes, aunque después le sorprendiera a los cuatro –a Don Quijote, a Sancho, a Rocinante y al jumento–, una lluvia de dolorosas e ingratas piedras de la mano de los propios liberados:

Pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal, quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz; que no faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones; porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas, añadió Don Quijote, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido esto con esta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros; y cuando de grado no lo hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo, harán que lo hagáis por fuerza.

También, por la cuerda defensa que hace nuestro loco personaje en su conversación con el Caballero del Verde Gabán –recordemos el famoso capítulo XVI de la segunda parte– de la poesía, de la libertad radical de los individuos para aprenderla a pesar de su aparente inutilidad, del reconocimiento de su ya pronta marginación social, de la defensa de una ética de la creación y de la lengua materna en que la misma ha de ser vertida por encima de los modos de los clásicos:

Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así se han de querer, o buenos o malos, que sean como se quieren las almas que nos dan vida a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso: y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante, que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; hala de tener el que la tuviere a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo; y así, el que con los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo. Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doime a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos; y siendo esto así, razón sería se extendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya; pero vuestro hijo, a lo que yo, señor, imagino, no debe de estar mal con la poesía de romance, sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; y aun en esto puede haber yerro, porque según es opinión verdadera, el poeta nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta; y con aquella inclinación que le dio el cielo sin más estudio ni artificio compone cosas que hace verdadero al que dijo: Est Deus in nobis, etc. También digo, que el natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte quisiere serlo. La razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza, sacaran un perfetísimo poeta. Sea pues la conclusión de mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama, que siendo él tan buen estudiante como debe de ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las ciencias, que es el de las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de las letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y espada, y así le adornan, honran y engrandecen como las mitras a los obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa merced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y castíguele, y rómpaselas; pero si hiciere sermones al modo de Horacio, donde reprenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo hizo, alábele, porque lícito es al poeta escribir contra la invidia, y decir en sus versos mal de los envidiosos, y así de los otros vicios, con que no señale persona alguna; pero hay poetas que a trueco de decir una malicia, se pondrán a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta fuere casto en sus costumbres lo será también en sus versos; la pluma es lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes ven la milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran, los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol a quien no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales coronas ven honrados y adornadas sus sienes.

Y una razón final de mi gusto por la obra reside en la ejemplar lección de la muerte de Alonso Quijano, ya no don Quijote una vez recuperada la cordura, y en los sinceros pucheros y sollozos de un Sancho Panza para siempre quijotizado, aunque eso sí con un ojo puesto en la herencia dictada por su señor, hasta el punto de querer levantarlo e iniciar una nueva salida, quedando abortada por el narrador cualquier nueva salida narrativa de nuestro héroe al colgar, entre comentarios metanovelísticos, la pluma en una espetera.

ANTONIO CHICHARRO

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Publicado en Foro de Papel, 12, 2007-2008, pp. 155-160.

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