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FIRMA INVITADA: ANTONIO CARVAJAL



PRÓLOGO

A ARQUITECTURA Y POESÍA
(SOBRE DOS POEMAS GIENNENSES DE ANTONIO CARVAJAL)
,
DE ANTONIO CHICHARRO Y EDUARDO A. SALAS (JAÉN, UNIVERSIDAD DE JAÉN, 2006)

Me piden mis buenos amigos Antonio Chicharro y Eduardo Salas, hoy, nueve de octubre de 2005, unas cuantas líneas como prólogo a sus respectivos estudios sobre mis poemas “Piedra viva (Amanecer en Úbeda)” y “Fervor de las ruinas (San Francisco. Baeza)”. Al ponerme a la tarea he caído en la cuenta de que tanto la ubetense capilla del Salvador como baezana iglesia de San Francisco nacieron para recoger los restos funerales de sendas familias cuyos apellidos transportaron secularmente, de generación en generación, el odio hacia quienes llevaron el mío paterno. Pero nunca supe si tengo relación sanguínea con esos irascibles Carvajales de antaño, ni me preocupa ni interesa., ni yo pensaba en Cobos ni en Benavides cuando me deslumbró la belleza de uno y otro edificio, porque otros, Siloé, Vandelvira y Berruguete, eran los que sonaban en la memoria de mi corazón (y nótese que la palabra razón está incluida en la antedicha). Frutos del pensamiento, del arte y la técnica y del esfuerzo corporal de tantos hombres, víctimas de la estulticia, la avaricia, la desidia y tantos otros vicios de también otros hombres, el Salvador y San Francisco nos ofrecen en sus ricos despojos la perenne lección del trabajo bien hecho al servicio del hombre, no de quienes los mandaron erigir a costa de sus peculios, no de quienes vivieron en y para ellos de las rentas asignadas, no de quienes usaron sus púlpitos para predicar amor e imponer servidumbre, sino como gratos refugios de los hombres interiores que encontraron en sus ámbitos cerrados el silencio necesario para oír y entender su soledad irredenta.
¿Por qué no he escrito sobre tantos espacios urbanos o rurales y edificios civiles como ambas ciudades me brindan? No lo sé. En la elegía que dediqué al poeta amigo Antonio Checa y encabecé con un recuerdo de Virgilio (Ibant oscuri sub sola nocte), usé el plural de la vivencia y hablé del almo trabajo de los panaderos y del no menos nutricio de los poetas. Hay en la ostentosa propiedad privada algo soez y en la propiedad pública un barniz espeso (Rubén Darío lo matizó en su “Soneto autumnal al Marqués de Bradomín”) que me suelen enfriar el necesario fervor lírico que, en cambio, me avivan las casas íntimas donde puedo dormir la siesta sin recelo y los recintos sacros donde la colectividad todavía respeta que uno de sus miembros se ensimisme.
Pero no son los míos poemas de ensimismado. Se ocupa uno del trabajo colectivo con voluntad de ofrenda al hombre, el otro habla del silencio de Dios. Sí, ese solo Dios con mayúscula que impregnó mi vida hasta la adolescencia y que después se me calló dentro, tan honda y duraderamente, con un silencio tan terco que me obligó a seguir mi vida sin esperar su respuesta. Nunca me atrevería a decir, con Niestzche, que Dios ha muerto, ni tan siquiera que se me ha muerto. Dejémosle en callado y asumamos nuestra responsabilidad en tan equívoco silencio.
Con voluntad de ofrenda, con afición al trabajo bien hecho, elegí para el poema de Úbeda una posible adaptación de la estrofa sáfica griega, la sextina para el poema de Baeza. Con la primera quise insertarme en la tradición clásica que nos habla desde las arquivoltas de la puerta de acceso al Salvador y que coloca al hombre como medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son; con la otra remitía a una tradición medieval que intentaba cerrar los terrores del pasado, con centro en Dios, y encaminar los pasos otra vez hacia la centralidad de un hombre que, en el ejercicio de la maestría, iniciaba un diálogo no extinto consigo mismo, siempre en la espera pero nunca con la esperanza de una respuesta ajena. La estrofa sáfica griega permite una suerte de narración encadenada y la sextina, con sus rimas reiteradas en la combinatoria azarosa de los dados al siete, traduce bien la vana tentativa de orientar pro nobis el destino. No se me escapa que Dios se presenta, en tantos lugares de la Historia, como el primer arquitecto, como el primer escultor, como ese primer pintor al que nadie le “enseñó el perfil de la azucena” (que dijo Pedro Espinosa), pero mi interés se centra en cómo Siloé y Valdelvira dieron vuelo a la piedra, cómo Berruguete sublimó los rasgos de un vecino o de un modelo pagado para transfigurarlos en cifra de un estado espiritual sublime. Resuenan en mi entorno funerales redobles como vuelan las palomas que socavan con sus excrementos las ruinas adobadas de San Francisco, pero sólo me interesa percibir con nitidez el sosegado pulso de la vida en todas sus manifestaciones, en toda su miseria, en todo su esplendor, en su clamor indestructible sobre las heces del silencio.

ANTONIO CARVAJAL

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