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FIRMA INVITADA: ANTONIO CHECA LECHUGA


BAEZA: HISTORIA Y PURGATORIO

Hay días en los que te tropiezas con todo, que aprendes de todo, que llevas a tus alforjas un ramito de historia para saber que ésta, la historia, existe. Este pasado jueves, en mi paseo rutinario por las murallas, contemplé un valle distinto por una luz distinta y una perfumada brisa que desprendía en la mañana un hálito de frescor de otoño, de aspiración pulmonar que te daba vida. A la noche, en un homenaje a Vicenss Vives, aplaudí el reconocimiento al hombre que aprendió y dio escuela para nuevos aspirantes a estudiosos en las humanidades de la historia; después, ante el ciclo de cine de la UNIA, me vi inmerso en una película  del incomparable Orson  Welles y la majestuosidad de Joan Fontaine titulada Alma Rebelde. Todo dentro de la rutina de un jubilado que busca el cobijo de los actos locales, para ir matando el hastío en el que penetras cuando llegas al ocio.
            Vuelvo a la historia del valle del Guadalquivir y llegan a mi retina los trigales que comenta Vicens Vives en la década de los cuarenta. Su artículo bien reproducido, (desde mi punto de vista) es un artículo que desdice un poco lo que un lector espera de una personalidad como la del historiador Vicens Vives. El extracto del texto, el sabor del mismo, se parece mucho a una copia de un libro de historia pegado al instrumento político del momento, por lo que no se comprende cómo hubo de publicarse con el pseudónimo de Lorenzo Guillén cuando lo que quedó por exaltar no fue precisamente la presencia humana que es la que guarda la monumentalidad de un pueblo.
            El servilismo “oficial” de la película Alma Rebelde: el señor y los vasallos, la servidumbre rígida ante el amo, el amor ante lo sublime, el poder establecido, la inmoralidad de la moral Cristiana de un cura de orfanato, la muerte fingida de la bellísima Elyzabeth Taylor con sus doce o catorce años, todo ese conjunto se nos ha presentado en la década de los cuarenta: 1944  Orson Welles y, 1943 Vicens Vives, pero dentro de un contenido que raya el  ideal decimonónico o el osbtruísmo monárquico donde la opresión caciquil se ha hecho latente en las terminologías empleadas por los autores comentados.
            “Era esa aristocracia —la de los escudos y la de los palacios— la que vertebraba la sociedad, imprimía un sello específico a su manifestaciones y se convertía —por ley del señorío moral— en amparo y guía de los humildes y en el mecanismo compensador de los desalientos y exaltaciones a que son tan propensos esos climas andaluces” nos dice Vicens Vives después de  algunas aseveraciones como que “Baeza se conserva impoluta —quizá gracias a Dios—  de la curiosidad impertinente de los “viajeros” “estándar” y de la necedad de los “cicerones” oficiales. Amén del contenido de los cursos de heráldica por cada uno de sus calles”. Vicens Vives no penetró en Baeza, no vio Baeza, sí la vio su mentor A. Machado sin decir nada del encanto de la heráldica ni de sus bellos palacios, éste entró en el pueblo porque el pueblo, el que cuidaba de su historia era el heredero de un todo por lo sufrido o lo amado, pero sobre todo, porque el ojo visor del poeta estaba designado para escribir sobre el ser humano, no su vestimenta.
            Vicens Vives, en su artículo, nos presenta el vestido, no el cuerpo, nos presenta la historiografía como una reseña de un pasado glorioso donde el “Nido Real de Gavilanes”  “ …del que se desprendía en fructuosas algaras, que una y otra vez probaban el mejor temple de los aceros cristianos, y en que se guarnecían cuando los moriscos escalaban los repechos del valle en son de guerra y en demanda de botín”. El valle fue la tierra de una cultura de seis  siglos invadida, de donde parte toda una cultura no religiosa compartida y asumida en nuestros días por nosotros.
            De los años cuarenta a cerca de los sesenta, aparte de la heráldica y los escudos, aparte de la nobleza, aparte de la aristocracia de pueblo y del estereotipo de sus gobernantes, existían  varios caserones nobles llamado “la Cofradía”,  “El Cuartelillo”, la “Casa del Herrero”  y sus variantes en la calle de los Molinos. Lo que es hoy el hotel Puerta de la Luna o la casa del embajador en el barrio de la Catedral, o la casa “Grande del Bondillo” en la calle Santo Domingo, amén de cientos de casa  donde se compartía la miseria y lo que arrastró la heráldica y la aristocracia ya que una familia tenía que compartir  retrete, cocina y hambre, en una comunidad de vecinos con una habitación o dos por familia y seis hijos de media.
            Eso era también la Baeza de los años cuarenta cincuenta y casi sesenta. Pero había que entrar en ella, en lo humano, no en el estandarte de la burguesía acomodada. En ese historial en el que el hombre, buscó con su inteligencia y el poder la formación de la plebe para su huso personal. No, la historia en sus grandes vertientes no se mide por la heráldica, se mide por los  hechos o su repercusión social, ya que el hombre, ese que no presume de heráldica por no querer o porque es consciente de que en ella también está  lo bastardo como herencia, es un número más con el que se suma la historiografía de los pueblos en su más puro retrato.
             Del Renacimiento, de la Historia de Baeza, parte la singularidad de Juan de Ávila, en el que se apoya la conciencia humana y si queremos, la religiosa, pero sin el conocimiento de la necesidad social —donde él predominó—no tendría valor el concepto de historia en su conjunto.
            Al día siguiente sigo la rutina y en mi paseo habitual de las murallas, miro a lo lejos y diviso Jimena bajo el grandón de Aznaytín, delante, el Guadalquivir  rompe la vega, en ella, la historia de las gentes de mi tierra, y entre la antigua campiña retenida en mi retina, los caminos transitados por recuas y por mulos. Entre tanto trajín, el hombre que ha nacido y que se muere, y, alguna vez el cante de mi entorno lanzado sobre los aires, en el que su filosofía consiste, o consistía, en ser feliz con su amiga la Naturaleza, esa que nos lleva y que nos trae, dentro de un misterio asumido, pero preparado para que lo cuenten los historiadores y no borrar el pasado porque de él, partimos con nuestras incongruencias o aciertos.   
                                  
                                                                       Antonio Checa Lechuga


                                                                                                                                                                     

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