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FIRMA INVITADA: ANTONIO CHECA LECHUGA

LA CASA DE LAS PALABRAS

Las posibles imágenes de las palabras quedan en el espacio sin que nadie se atreva a indagar por ellas. Pero están. El objetivo de la sociedad es estar al lado de la comunicación entre los individuos para comulgar con la difusión de los acontecimientos donde cabe la presencia total de un colectivo y ese colectivo, a través de la palabra, maniobrar segregando en ramas distintas los acontecimientos o las ideologías que permiten a la  totalidad de un pueblo identificarse o discrepar de los entresijos que en un determinado lugar tienen la idiosincrasia de vivir.
Fotografía de Isabel Berrios
            El Café Mercantil de Baeza  ha cerrado sus puertas. La actividad social de ese establecimiento ha durado taitantos años haciendo de mediador, sin darse cuenta, entre los acontecimientos ocurridos en su estado activo. Era el centro del centro de todas las actividades que tuviesen que ver con la política, el dinero, los tratos, los chismes, las loterías, los chispazos, y las miradas socarronas de quienes lo tenían como segunda vivienda, en concreto: era el confesionario y el confesor de la parte más activa de Baeza. La Baeza tan plural en la que se conocía su interior desde la óptica aparente de un café con leche y su correspondiente vaso de agua.
            Dicen los científicos que un estadio de fútbol una vez vacío después de un encuentro, si se fotografía desde una altura de satélite recoge la imagen que queda en el estadio sin despegarse de sus asientos: ido el sujeto, queda la huella o la imagen de su presencia donde la palabra ha sido más importante, ya que lo físico tiende a no desaparecer de un sitio en el que se ha dado en su oratoria lo fundamental de la vida. Eso creemos ha pasado en el Mercantil, el reflejo de Rafael Padre, Salvador Lechuga, Aquilino, los Prietos, los Curicas: Antoñito, su Juani, su padre y su madre, Bartoli y muchos no olvidados, han sido patronos y marineros en las aguas de un río navegable al servicio y del servicio de un local emblemático nacido para el ocio y convertido en la despensa político-social de Baeza.
            Las tertulias de Fernando Viedma con sus acólitos trasnochando en los portales, pero visualizando el pueblo, era un activo comprensible que servía para diagnosticar y ser diagnosticados. Los tratos de los Federales, los originados por Rueda, y los establecidos por tantos olfateadotes de la pillería, se pegaban a Antoñico el gitano con sus cambios de animales mediante la presencia de Pepe Marchena, Juanito Valderrama, la Niña de la Puebla, Canalejas y los nutridos grupos de artistas llegados en la terminación de la cosecha de la aceituna, sabiendo de la economía boyante en los jornaleros de turno, también, desde su nacimiento, de Perihuevo que ha sido una apuesta por quienes servían sin cobrar esa caña desde su derecho a ser otro más en el entorno comunicativo del Café Mercantil de Baeza.
            Una vez creado el estigma, es muy difícil que una sociedad se habitúe al vacío que deja en el entorno un referente como el Café Mercantil. Es muy difícil cambiar el ojo visor de un vecindario del que se ha desprendido el nombre y el objeto para su disfrute o su crítica, los sitios de referencia de cualquier sitio tienen un nombre tan propio como para ser escriturado como propiedad colectiva, pero he ahí que, el que se aposentaba en una mesa para hablar de cosas sin importancia, una vez desaparecido el establecimiento todo tenía y tiene sentido: el todo de una susceptibilidad en la que juega un entorno y se construyen las prácticas colectivas sin privatizaciones sociales.
            Hoy, los románticos de sus costumbres miran los portales y la terraza intentando sacarle la vida que se le ha ido, esa vida que aparentemente antes no se veía y que ahora se deja sentir porque algunas personas compensaban con asistencia ese fruto incoloro de un conjunto representativo de la historia de Baeza. Y es que era verdad, Baeza y el Mercantil se llevaban muy bien, los camareros y los clientes eran las piezas del puzzle con el que se apreciaba una sociedad unificada a la idiosincrasia local. La cultura de los pueblos es precisamente la comunicación establecida, también, aunque no queramos, el distanciamiento a lo susceptible de distintos conceptos personales.
            En el Café Mercantil sobre los años cincuenta y sesenta, esperaban Juande el camionero o Vicente Majano a los que bajaban al café a preparar el viaje de la ida. Los jornaleros sobraban una vez que los tractores aparecieron y las máquinas segadoras libraban del sudor a los segadores, pero también del jornal para la plebe. Allí, se hacía el trato del porte y se despedía al que se marchaba: suerte, se le deseaba. En un camioncillo de tres mil kilos se separan del pueblo las personas y los escasos muebles. En un camioncillo pequeño desaparecían familias enteras, pero como en la fotografía de los científicos, se iba el sujeto pero quedaba la imagen ronroneando por esos portales tan peculiares donde un café, el Mercantil, era el notario y el registrador de una nueva vida para los que emigraban.
            Allí se acabó la dictadura y empezó la democracia de las que los adictos a ambas, hubieron de mirar al frente de un devenir en la historia donde unos tenían la nostalgia del pasado y otros el derecho del presente. Esa era la sociedad que miró en su vida el café Mercantil, y los que lo sostenían como empleados, propietarios y clientes, todo un devenir del pueblo de Baeza.
            Hoy se ha quedado esperando un nuevo resurgir en aquello que designen los nuevos caudillos, los que abrirán las puertas de un nuevo estamento adicto a las miradas y las socarronerías de la gente de mi pueblo, pero, sobre todo, de un entremés social en el que jugarán la baza de las apreciaciones, quienes vivan, los que se vayan, mirarán al horizonte de otros cafés en la sombra, o en la esparcida luz del universo.

                                                                       Antonio Checa Lechuga

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