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"OLIVOS", DE JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS




OLIVOS


Vosotros sin olor, duros olivos,



qué árbol no llamaré, que diré hermanos,



tan amorosos, aunque tan sin manos,



y tan serenos, aunque tan esquivos;




que bajáis las cañadas fugitivos



y coronáis en paz los altozanos,



vosotros, cuya flor os vuelve canos,



cuyo ejemplo nos torna pensativos;




vosotros, cuyo tronco es lumbre luego,



y cuyo fruto aceite que acompaña



al hombre por su muerte y por su vida:




oíd con bendición mi justo ruego,



y derramad sobre la vasta España



vuestra flor, toda en fruto convertida.



Olivos de mis gentes, yo quisiera
como vosotros ser. Al fin no llevo
la misma sangre de la tierra. Pruebo
como vosotros sed y primavera.

¿No vivimos los dos en esta espera
de la tierra, la madre y este cebo
de la escasa caricia y el relevo
final, la misma tierra verdadera?

Con tu raíz me fundo, en la esperanza
de devolver a la tierra y al molino
a trama florecida, el fruto incierto,

olivo de mi sangre y mi labranza,
amarrado al secano y a tu sino
de seriedad, de sed y de respeto.



JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS,
La alacena olvidada. Obra completa en verso  
(Edición de Clara Martínez Mesa),
Valencia, Pre-Textos, 2008, pp.193-194. 
 


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