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FIRMA INVITADA: ANTONIO CHECA LECHUGA



ENTRE EL MIRLO Y LA ALONDRA EL JILGUERO MUERE
           
                                                          
28 de Marzo de 1942: cárcel y enfermedad: finitud. Hipertiroidismo floreciendo en su ojos, como queriendo estar y seguir cantando: el poema, la muerte y su misterio. Silencio administrativo y recuerdo de intelectuales intentando salvarlo de una muerte física y llena de adversidades. Su muerte llegó como la de ese gorrioncillo que muere tras la escarcha blanca del amanecer, después de volar buscando de la vida su alimento y, al tiempo, cantarle porque la naturaleza lo hizo para ser libre y cantar. Él cantaba por pura inercia, cantaba entre la tierra donde compartía con la higuera el mugir de la vaca, el balido de la cabra, el canto soso del gallo encrestando sobre el cuello unas plumas doradas, doradas como el sol que sobre el fruto inicial de las palmeras del entorno, abastecían las hambres de los hombres y, los pájaros apetitosos de un fruto dulzón como un pezón preñado de la leche que amamanta al niño de los sueños, quien esperaba ser hombre algún día y vestirse de un todo, o de esa voz que lo invita a ser o convertirse en poeta, en cantor de palabras que viven en sus rimas sensaciones románticas queriendo en su creación cambiar un poco el mundo .O cantarlo tan sólo. El mundo, sí, el mundo que los hombres quieren llenarlo de materia y de cantos malditos, de banderas con nombres, pero sin estimulaciones, de propiedades asumidas en el nombre de Dios o de su gracia.
            Buscaba en la balaustra del granado la sangre por venir a través de las estaciones, a través de los tiempos, en la naturaleza que hace de la flor el fruto .Buscaba tantas cosas, tantas experiencias, que mamó de la tierra la luz de su alimento.
            Esperando al invierno llegó a la vida como la flor que asoma de un tiesto su hermosura, como el tupido velo de una neblina baja que, desde un cerro, cubre la barriga del valle y lo convierte en tul por lucir su cuerpo. Nació entre la sangre del blanquecino muslo de una madre preñada con infinidad de conceptos y de amores que anuncian la potestad del miedo una vez que ha llegado a la plaza oriental y occidental de las civilizaciones. A la diestra y la siniestra de una rancia cultura que se llama otra cosa por buscar lo divino dentro de sus peculiaridades. Alma fue para él su escasa vida. Alma como quien tiene de novia la mañana, o el oloroso aire que embadurna los valles con el trino profundo de las aves que cantan al sur de su mañana entre el naranja rojo del levantar del día. Alma para sus versos y alma para la vida. La vida no es ser vida entre la tierra, la vida hay que buscarla desde la tierra con la aurora precoz que nos anuncia que vivamos de ella, que seamos criaturas y no sólo conceptos de plagiadas mentiras o verdades que ofenden.
            El final de la palabra humanidad llegará el día en que ésta comprenda que es un animal que sólo piensa, que crea un estamento donde rigen los hombres los caminos marcados, las veredas confusas, las órdenes que obstruyen la vida del jilguero cuando anuncia su esencia sobre la rama del árbol. En la luz de los montes no nacen las ideas, en las olas del mar sólo nace lo inmenso. Pero se lo llevó después de cantar para otras voces las voces de sus interpretaciones, las voces donde el niño guardaba su postura y miraba los campos poblados de misterios, o las sensibles bocas de la mujeres bellas, aquellas que abrirían el celo de encontrarse buscando entre sus cuerpos el inicio a la vida, a la que lleva en ella la voz de la poesía. Fue un poeta roto por el yugo de ese caudillillo que buscaba a su dios después de la batalla, que impuso entre el poder la muerte de los pájaros y, sobre todo, víctima de una turbia conciencia sabiendo que mentía. Era un verdugo listo, sabía que le estorbaba, que los pájaros cantan y levantan los ánimos de quienes quieren ser parte de una conciencia colectiva, de la vida que abre sus colores de otoño. Por eso le negó la primavera para poder cantar y sentirse criatura, por eso le negó el respiro del aire cuando trae de la sierra el olor del madroño, por eso le negó el alimento y le ofreció la duda de un Dios que nunca supo que lo usaban para poder matar a los pájaros nuevos. A las sensibilidades creadas por Él sobre la tierra.
            Atravesó las cárceles pobladas de cantores, de oyentes de sus versos, confundido a la fuerza haciéndolo sensible al sabor de la nana con olor a cebolla, a la grandiosa boca del niño y el arado ‒al yugo de los hombres‒,  a la elegía de su amigo por la muerte en su boca. Cantó todas las ingles que tienen como fruto el grito de sus partos y lamió con sus labios la vida como esencia, y recorrió las noches donde los universos caían a sus ojos como luces divinas, como esencias de asombros pero adquiriendo en él una belleza activa. Fue solamente canto y música asumida. Fue después de todo un ser inofensivo, pero lo ocultaron para que fuese sombra, para que acompañase a miles de inocentes que vivieron con él la nefasta aspiración de aquel caudillo que sintiéndose inútil mató a los ruiseñores, a los arlequines que bailan los cuentos de los niños con jarchas de suspiros y risas de payasos que reían ante el mundo sin envidia de nada, sólo por ser payasos murieron en silencio, asumiendo las risas, sólo por buscarlas con caras inocentes, con voces de poesía. La muerte de un ruiseñor nunca se olvida, ni la de quien quiere repartir las emociones en las que sube el alma mirando el universo. En él, allá a lo lejos, entre el mar y la tierra, miré la tumba de otro jilguero muerto, en la Isla Negra, lamiendo el pacífico muy lejos de esta España. Allí lo reclamaron los poetas para que se ofreciera al abrazo del agua que se adhiere a la tierra esperando los cantos de los poetas libres. Allí leí sus versos en memoria de un hombre que murió en la jaula de una cárcel de hielo.
            Hace ya los cien años que llegó de unos muslos a la luz de los besos, a la casa que ubica el suspiro del canto, hoy, cuando el sol lamió los horizontes y descargó su luz por Mágina y su entorno, otros hombres lo cantan, otras mujeres abren su conciencia creativa y advierten con sueños las rudas realidades, hoy te llegaste como pájaro altivo a la tierra preciosa que nos da su alimento y nos dice en sus notas que cantemos contigo. Amigo en la poesía, en los versos que toman la conciencia creativa de un alma seductora, hoy te cantamos todos los que queremos cielos, los que abrimos la mano para sentir la paz que brinda tu recuerdo, hoy es un día muy tuyo, muy del poeta: que canten los poetas y los juglares, mirando al horizonte de lo bello, cantando tu poesía.
            Sacaremos del verso la paz que nos suprimen, el beso que nos quitan, la luz de la mañana, pero sin olvidar que nada es nuestro, sólo el canto del pájaro, la brisa de los vientos, y esa flor que nace detrás de los suspiros.

ANTONIO CHECA LECHUGA
                                                                       Baeza, octubre de 2010



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