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FIRMA INVITADA: ANTONIO CHECA LECHUGA

Fotografía de Pedro Narváez
LOS PUEBLOS

Entrar por la esquina de una calle, tropezarte con alguien, saludarlo y rotar cada día con el mismo tema, es lo común en los pueblos y más en personas que van y vienen por ellos, pero, de vez en cuando, se te presenta la virgen, y esa monotonía da un salto y te topas con algo distinto que puede hacerte más feliz o al menos distinto por unos momentos de tu vida.
     Hay en Baeza un recorrido casi oficial que se llama Portales de San Francisco, o de la farmacia, que por su situación son transitados por multitud de personas que van y vienen con la necesidad de su diario quehacer. Por ahí, pasamos de todas clases sociales, de todas las profesiones; por ahí los parados, los que trabajan, los jubilados, los buenos, los malos, la derecha, la izquierda, el de los iguales, el notario, la que va a la compra, el funerario poniendo o quitando esquelas, los de las cofradías con sus anuncios religiosos… Todos, es un deber mirar desde allí al Mercantil por si ves a alguien que busques o ver si la farmacia está de guardia o quienes pasan por la acera de enfrente. Concretamente, es lo normal en esos cien metros de pueblo con sus tiendas en cada local y con sus comerciantes. Unos ,mayores y  otros, jovencitas criaturas que hacen su trabajo vendiendo más a los foráneos que a los nativos. Todo, pasado de largo por todos porque la rutina a veces te hace no mirar a muchas partes con la atención debida. Pero te hacen mirar…
     Allí, en la parte final, donde Giner López limpia con delicadeza su tienda día a día e imparte el arte de ser un tendero, la reunión de amigos como Pepito, José, Sebastián, Perico; intercambian chistes y risas recordando los tiempos pasados y sacando de ellos lo esencial de todo: la vida, esa que tiramos a veces por ser todo el compendio que aquí decimos y formar en nosotros el hato de la memoria. Yo también paso por allí muy a menudo, además me gusta. Miro el Paseo, la fuente de la Estrella, lo guiris con sus cámaras sacando fotos y los que no sentados en las mesas de las terrazas algunas en pleno invierno tomando el sol en sus piernas como si fuese Marbella o una zona cálida.
     Y he ahí que me topé con una criatura que hizo volverme una vez pasada de mí, y me di cuenta lo que Dios había creado para que viésemos su grandeza, la de Dios, y la de su criatura. Tomé nota y apunté en la memoria mi amor por… bueno, la literatura. Escribí lo que sigue: Altivamente de pie y después sentada.
No aumento nada, ni disminuyo, es algo de lo que un poeta, un hombre, un ser humano, no tiene más remedio que rendirse a su hermosura:

GEOMETRIA
En él, su espalda, curva armónica, simétrica y concisa, descansa o nace -si descansar o nacer se llama llegar a la cintura - y en cúmulo de nombres y de formas se adjetiva, donde los ojos ponen, con su trasluz agudo, metáforas que invitan a pronunciar su nombre y deducir, con él, el concepto infinito de su cuerpo, con rigor y deseo y con el cerco que el arco maternal de las caderas, hace que sobreviva la redondez que induce a pronunciarse como símbolo que lleva con lo innato, el placer increíble de la carne.
     Esa cadencia de su andar, que aviva la imagen sensorial y el eco agudo de una voz alabando su armonía se aluden: y el nacer de su espalda, la base que conlleva ardiente un cuerpo, oráculo en geometría; se funde. Su espalda y caderas se uncen o se forman, y en su base, está la sensación tan visual que nos asombra.
     Por eso, con su nombre, nombres nos llevan a conocer exacto ese concepto que irradian las miradas, sonrosando sinónimos que dicen que el placer está en él: receptor de emociones, incitación de tactos y pronombre de ritos: en él, con él, por él, agudos ojos, visores de lo hermoso, llaman a la mirada, exótica visión de andares cadenciosos.

Cuando escribí el texto dije: me he quedado corto, pero como gato que busca la sardina, deambulé por esos Portales de San Francisco esperando que fuese eterno ese momento. No fue así, pero la vi sentada leyendo el libro que, más útil en un pupitre que en sus manos, no dejaban que éstas deslumbrasen con un blanco inmenso, la tirantez de la carne unida a la hoja donde el poema podía decir lo que sigue: 

En efecto, su boca nacía y sujetaba una garganta por donde se exteriorizaba la armonía en la escultura natural. De su interior, la cadencia acústica podía acelerar el ritmo de un pecho masculino que, conjugando esa garganta en sus confines, dulcificase o dulcificaba el blanco de su carne. Esbelta. De la nuca, a la incipiente espalda y, a la inversa, rizos insinuantes de cabello contrastaban con el blanco puro y deseante, y el negro que armoniza y deseado. De la sien, al arcángel de su hombro, descansaba una larga mecha de azabache lacio, y sobre el mismo, retorcido quizá por lo abundante, una caracola inmaculada, sombreaba la luz de una belleza controlada por ese cabello negro y la piel blanca de su garganta y cuello. Recorrer tan corto espacio y tan larga insinuación, contraía en la retina todo el cuerpo que esperaba la caricia y el beso, la mano que atrajese emocional su sangre, o el contacto sutil de la mirada para sacar el rosa, y, en el rosa, ese pudor que significa tanto.
     Se levantó, su voz no se sintió pensando en otro cuerpo para soñar el don de lo sublime, y un paso al caminar, abrumó lo circundante. Un nardo se quebró, vibró la carne.

En los pueblos está todo, pero, a veces, te topas con la sublime presencia de lo hermoso y te hace vibrar ante su encanto. Vaya este retrato como ofrenda, a esas personas que miran pero no ven lo que nos da la tierra, lo que nos ofrece la belleza de la vida, esa que perdemos enfadados y que solo la inigualable belleza de la feminidad, nos hace ser al menos, partícipes de una cosa llamada mujer que vive en Baeza.

ANTONIO CHECA LECHUGA

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