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FIRMA INVITADA: ANTONIO CHECA LECHUGA



SITIOS DE PAZ EN BAEZA

El castaño tiende con su sombra a dar la bienvenida a quienes quieren la paz para sus pasos. El Paseo de Baeza ostenta la sombra y el árbol como enseña al otero de las meditaciones y a la óptica perenne de un equilibrio deseado. Por la sombra, ante el eco del gorrión tunante que come de la mano o se aproxima a ella, el baezano mayor camina y se ofrece al entorno, al ancho celeste y rojo de los atardeceres, recordando el pasado y adorando el presente. Por ende, bajan y suben el trío o la pareja, los cuatro o cinco futboleros que afloran con sus voces al Barça o al Madrid, y entre las manos, huelen algunos cigarrillos a desidia y a lujo, ya que el humo cuando sale de esa boca gastada por la sonrisa y la broma al compañero de turno, se expande lo mismo que la risa de las jóvenes observando la mirada provocada por su silueta o el brillo de su edad revoltosa que conlleva con ella nuestro pretérito, nuestra activa admiración a todo juntando el deseo con la esperanza, la hermosura de la vida con el deje de la ilusión y el florilegium conseguido haciendo con el pasado y el presente que una la visión cautiva del poeta para ver que Baeza no es un pueblo cualquiera, es, ese pueblo, donde se vive bien, se pasea, bien y se convive. ¡Qué bello es mi pueblo!
Caminábamos en él Murillo y Checa, entre otros sosegados mayores, ante el pino alto y el verdiblanco castaño, nos censurábamos ante la tarde de la diablura de los chavales soslayando entre nosotros la tralla de las bicicletas, y mirábamos, ¿por qué no? El brío alucinante de la savia nueva: los ojos rajados, los labios sensuales, las miradas de asombro, el largo caminar entre sus sueños, las posaderas bellas; en concreto, la belleza inicial de las muchachas que sueñan con perder la adolescencia y enfangarse de lleno en la vida de adultos. Dios, qué desatino, qué ignorancia, pero, al mismo tiempo, qué necesidad más asombrosa la de querer ser adulto, como si eso fuera una cosa nimia, una cosa cualquiera dentro del mundo de la juventud, de ese mundo donde al pasear por los bellos sitios que tiene Baeza, impregnan con sus dones la parte más sensorial de nuestro entorno, la que está emulando a aquella que perdimos, la que admiramos con voces de pintor o de poeta, con voces ancestrales que son las que pueden admirar la belleza, nunca la envidia ni el consabido piropo silencioso a una jaca de lirio envuelta en el clavel de su inocencia. Qué bellas son mis nietas, las de Luís, las de Andrés, las de Anselmo y aquellas que no sabes de sus padres pero intuyes las apreciaciones por pura trascendencia o puros rasgos maternos o paternos. En el conjunto de un todo se ha creado el poema, el cuadro, el rasgo sublime de la percepción admirativa.
Es Baeza pese a todo un sitio para vivir, hablamos del Paseo, de los Paseillos, del Arca del Agua, del vivero, de las luces y las sombras de las calles estrechas, de las ventanas bajas con hierro forjado por manos de martillo de Luna o Pipirrana, o los Tiznajos, seductores forjadores del hierro, de los trabajos perdidos por la cortesía de las innovaciones, de la tecnología, de las tradiciones perdidas, de aquellos que soñaban lo mismo que nosotros con dar la vuelta a la tortilla y sentirse más jóvenes entre los jóvenes, más baezanos entre los árboles, mas, humanos
Van los matrimonios del brazo de los tiempos, ‒los que pueden‒, hacen con sus caricias epopeyas antiguas donde la historia canta un canto a la hermosura, ni sexo ni puñetas, amor a diestro y siniestro entre sus bocas, necesidad de apoyo, de ocasión de sentirse más que nunca queridos. Qué hermosa es la vida envuelta entre Baeza, el gorrión y el mirlo. La tórtola que arrulla al lado de los jóvenes, es pájara de niñas, de adolescentes, nunca de quienes quieren ser un todo de la nada.
El Paseo de Baeza tiene la bendición de quien medita mirando por doquier los años ya perdidos, los curiosos motivos del recuerdo, de las personas idas, de todo cuanto llama a la conciencia y te dice que existe un oasis de encanto que pisan tus zapatos con suela de costumbre, con pasos sosegados, de acuarelas primaverales.
“Sí, hombre, sí; la vida hay que tomarla como viene, pero sintiendo de ella lo que induce a vivirla con la voz de lo bello”. Dice el pintor. Nuestro Paseo tiene la anchura de una plaza del pasado con ciento sesenta metros de luz entre sus soportales, qué palabra, ‘soportales’… Carbonería, Tundidores, Zapaterías…siglo dieciséis con pátina de solera. Le quieren cambiar el nombre, Soportales del sablazo. “No seas malo Checa, no seas malo, es que, eso del turismo, de la tapita, del mal servicio…” es una broma, algo hay que decir, artista, hay que comparar para inducir en la comparación el hecho consumado de las delicias del lápiz, de lo que se puede hacer con él, con el bolígrafo. Qué barbaridad, ¿Te has fijado que parecemos turistas y que éstos volverán si el trato es religiosamente asequible con lo que se ofrece?, la vida, Muri, la vida es una vara de medir donde se mide hasta las charlas que tonifican el supremo concepto de lo que nos circunda, como por ejemplo: ese pino alto al lado del quiosco de la música que ha crecido con la benevolencia de la partitura donde se guarda la música, esa que el maestro Martín Lozano hace ejecutar a la banda de Música local y que suena de perlas, hay amigo, qué bello es mi pueblo.
“Morales Checa, Martín Morales” . No, Muri, he dicho Lozano porque se parece mucho a Manolita, ya sabes, la del sifonero, la que sabía de música y de músicos, ya que tenía su casa llena de música. Joder amigo como se van las personas, como nos vamos yendo, ¿Cuánto te queda?. Me mira serio y se ríe, es curioso cómo hace el tiempo a la gente para llegar a comprenderse solamente con una palabra, ¿Eh? . Ponte en este lado que te oigo mejor.
Entre el mundo de la realidad está el asombro de encontrarla, y yo encuentro en mis paseos solo o acompañado con algo sustancial llamado pueblo, que ni llega a más que el uso de su hospitalidad y de nuestro apego hacia una vida compartida, pero en Baeza, en este pueblo que tirita en el invierno con sus nieblas y en el verano bosteza con sus calores, sin término medio, solamente con la alucinante presencia de su entorno, sí solamente por ser parte de uno y de los tuyos, ves desde la tarde morir la materia para dar vida al compacto sentido del espíritu, que es como bendecir desde el Paseo, el amor compartido por un pueblo llamado Baeza. ¡Qué bonito en mi pueblo! Muri, “Y el mío tonto del bote, y el mío”. 

ANTONIO CHECA LECHUGA
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Fotografía de Cristóbal Tornero

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